La
conferencia de obispos llevada a cabo en la ciudad de Medellín desea Aterrizar
el Concilio Vaticano II a la realidad Latinoamericana; La Iglesia interpelada
por las problemáticas sufridas por sus feligreses se siente responsable en los
cambios de mentalidad y de forma de vida de los mismos. Por esto hace la
continua insistencia de hacer de su acción pastoral una continua voz de
aliento, compañía y apuesta radical por quienes más sufren. Ver en el pobre
latinoamericano de las grandes urbes o en el campesino olvidado; en los que
sufren la violencia o en las víctimas de la desigualdad económica, el rostro
mismo de Cristo sufriendo los dolores de todos ellos; meter en la piel el
sufrimiento del latinoamericano, hace que descubra en él la presencia viva de
Jesús clamando justicia. De este modo la Conferencia de Medellín analiza y
propone posturas radicales frente a los temas de injusticia más graves
ocurridos en esta parte del mundo, una forma concreta de hacer vida el
Evangelio de Jesús en los contextos más tristes y deprimidos de la sociedad. Se
da un “grito” que expresa la necesidad de revaluar muchos aspectos
concernientes al quehacer pastoral, entre ellas la catequesis con jóvenes,
familia y adultos.
Se
trae a colación la conferencia de Medellín, sustentando que desde tiempos
pasados, la misma Iglesia manifiesta que debe haber un cambio radical en la
forma de comunicar el Evangelio sin necesidad de cambiar el mensaje de Jesús. Ahora
bien, el documento se torna en demasía interesante, cuando hace críticas que
permiten que el lector provoque en sí, pensamientos de aceptación a las
pasturas planteadas.
Pártase
del hecho de la necesidad de cambio. Pero, ¿cambio de qué? Con respecto a la
pastoral y catequesis, varias situaciones suficientemente ilustradas y que se
ahondara en cada una de ellas, indudablemente dando razón a dichos postulados.
La comunicación, formación de catequistas, “nueva evangelización”, “la empresa
católica”, pérdida de la relevancia social de la religión, “religión a la
carta”, “esquizofrenia religiosa”, conformismo, indiferencia, entre otros, son
los postulados que se plantean de forma fuerte, sin embargo bastante acertados.
La
comunicación. Este es uno de los puntos en lo que hay que ahondar, pues
posiblemente es el origen de la situación actual, más no nueva de la catequesis
y la pastoral. El hecho de que la Iglesia por medio de la mayoría de sus
ponentes comunique el Evangelio de forma “pobre y sin calidad, que responda a
preguntas que nadie se hace y que se dirija a público inexistente” da fe de que
hay poco interés en conservar la idea evangélica de la conformación de la
Iglesia y de vivir en comunidad, pues, al parecer se da por hecho de que los
feligreses, en su proceso católico evolutivo, van formándose, sin necesidad de
detalles y conceptos que permitan edificar aún más la personalidad cristiana
basada en el amor por Dios y por el próximo.
Dentro
de este punto, y sin desligarse, se toca el tema de la formación de los
catequistas. Sin dejar de reconocer lo que los laicos hacen por la Iglesia y
por los nuevos “aprendices”, “la formación de los catequistas” deja mucho que desear,
pues están lejos de responder a las necesidades actuales. Así, sin irse muy
lejos, sería adecuado evaluar integralmente cual es el mensaje que están
llevando los formadnos de los seminarios a los distintos grupos eclesiásticos,
si desde el momento de la preparación de lo “a comunicar”, se nota
improvisación, pequeñez, falta de voluntad, creyendo irracionalmente que,
alguien más, algún día les dará el mismo conocimiento de forma más adecuada, y
que se viven procesos insignificantes. Esto denota la falta del encuentro
kerigmático, de los que dicen ser portadores del Evangelio y futuro de la
Iglesia. Recordando entonces, que hay que partir del hecho que debe haber un
cambio, se debe llegar a un equilibrio del que bastante se ha hablado, pero no
se ha visualizado. Encontrar el punto medio en el que los laicos no asuman
tareas y funciones de los clérigos, pero que tengan deseos inacabables de formarse
sin fatiga, con ansiedad y con amor, para poder llevar la imagen real de Cristo
misericordia y felicidad, no de cansancio, irritabilidad, mal trato y falta de
ánimo.
Un
punto, que llama mucho la atención también es “región a la carta”. Sustenta el autor
que esto se da gracias a la subjetividad de su propia religiosidad por la cual
se da una aceptación parcial y condicionada, atreves del filtro de las
apetencias personales, además es complemento de otro postulado que manifiesta
que el cristianismo no está en Crisis (y menos la persona de Cristo), lo que
está en crisis es este Cristianismo, el que “vende” esta Iglesia. A pesar, de
que desde los principios de la Iglesia, se han presentado discusiones, en
ocasiones infundamentadas, pues no “escuchan y leen la palabra de Cristo”, han
permitido que las personas empiecen a trastocar el mensaje de amor real de
Cristo y que hagan religiones y creencias, tanto como hay humanos en la tierra.
Entonces, ¿donde está la situación actual, y más que la situación, la solución
de esta realidad insipiente y que cada vez más hace que las personas se alejen
del seno de la Iglesia? No se pretende dar soluciones infundamentedas, solo se
pretende recordar que el mensaje de Cristo es muy claro, el Amor. Y no amor
solo algunos pocos, o entre minorías, o amor a los que piensen de tal o cual
forma, o amor a los que actúan de “manera adecuada”, o amor a los que tienen y
no dan o a los que piden. No. El mensaje que se debe dar es un mensaje real,
que sea sustentado con la práctica y con un acto puro y transparente, actos de
humildad que den razón del Cristo que no está en crisis, más bien que de rezón
de la vida intachable del maestro y que permita a más personas, cada vez más,
enamorarse del maestro humilde que siempre está con una palabra de misericordia
para con sus hijos.
FABIAN
BOLAÑOS – PROPEDEÚTICO - 2012
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